Raúl Fernández, Consultor
Part II.
III. Tierra y azúcar en la balanza del futuro
De todos los desafíos que tendrá que afrontar la agricultura cubana, ninguno excederá en importancia a los que plantea, por un lado, la reestructuración de la tenencia de la tierra, y por otro, la redefinición del papel que en la economía debe jugar la industria azucarera. La consideración de esos desafíos puede hacerse en función de intereses menores y criterios subalternos. Y también se puede, aceptando el reto del destino, levantar sobre las ruinas de un país desecho, la república por la que tanto se ha luchado. Concluyamos esta presentación con algunas observaciones sobre ambos temas.
Tenencia de la tierra
Cuba tiene necesidad de contar con una estructura de tenencia de la tierra que facilite el renacimiento de su agricultura y favorezca el mantenimiento de la paz social. Por ello, la cuestión de la tenencia y la solución satisfactoria de las múltiples reclamaciones que pesan sobre la propiedad rural, constituye uno de los más delicados e importantes problemas que deberán afrontar las nuevas autoridades de Cuba a la caída de la tiranía. En nuestras ya citadas conferencias de años anteriores, hemos ofrecido algunas observaciones y recomendaciones al respecto. No han sido éstas completas ni exhaustivas. No podrían serlo, si reconocemos la complejidad del asunto, la falta de informaciones detalladas y la imposibilidad de prever la situación que existirá en Cuba al momento de la liberación. Pero tampoco podrían hacerse desde ahora recomendaciones muy concretas para todos los casos, cuando se trata de decidir, después de un tercio de siglo, el destino de la principal riqueza física de Cuba: su suelo agrícola. Creemos firmemente que esa decisión corresponde al pueblo de Cuba, mediante una asamblea constituyente u otros mecanismos como el referéndum.
Para nosotros está claro que no existe derecho alguno por encima del derecho del pueblo de Cuba de decidir libremente, al final de este trágico episodio de su historia, sobre los pocos activos que podrían permitirle superar la grave crisis en que se encuentra. Como mínimo, Cuba debe derivar de esa tragedia el beneficio de un régimen de tenencia de la tierra compatible con una adecuada distribución del ingreso y el desarrollo de una agricultura moderna, competitiva y autosostenible. Ello no significa que arbitrariamente se desconocerán derechos legítimos. Pero sí significa que el reconocimiento de esos derechos se hará por los procedimientos y en la oportunidad que convengan a los intereses de Cuba. Además, significa que las compensaciones que en su caso correspondan, se solventarán en los valores que sean compatibles con la soberanía, el bienestar y el progreso del pueblo cubano. Pero debemos añadir, repitiendo dos preguntas de nuestra conferencia del año pasado: "[[questiondown]]es posible, en relación con las reclamaciones, arribar a decisiones jurídicamente bien fundamentadas con la celeridad que se requiere para que la producción agrícola no descienda aún más, considerando que han transcurrido más de tres décadas de las confiscaciones y se ha producido toda clase de situaciones con respecto a los dueños originales y sus herederos? Sabiendo que las empresas inactivas se deterioran rapidamente, [[questiondown]]es razonable crear situaciones inciertas en cuanto al control de las fincas en litigio y provocar así su parálisis?" Dejemos las preguntas formuladas. Las respuestas a éstas y otras interrogaciones sobre el tema deberían provenir, como sugiere Jorge A.Sanguinetty,[23] de un diálogo. Ojalá contemos, durante la realización de ese diálogo, con la ilustración, la comprensión, la serenidad y el patriotismo necesarios para ofrecer a Cuba una verdadera solución.
La industria azucarera del mañana
Por muchos años en el presente siglo, la industria azucarera cubana se desenvolvió al amparo de arreglos que permitieron el pago del azúcar por encima de los precios del mercado. Primero, Estados Unidos practicó esa política a cambio del acceso al mercado cubano de los productos del norte, desde los alimentos hasta los automóviles, así como a cambio también de una gran influencia política y económica. No sería ocioso decir que habiendo sido de propiedad de compañías norteamericanas, una fracción apreciable de la industria azucarera cubana, los beneficios correspondientes a los precios preferenciales del azúcar, en parte fueron a engrosar los capitales de aquellas compañías.
A partir de la década de los sesenta, la Unión Soviética asume el papel de comprador dispuesto a pagar un sobreprecio por el azúcar cubano. Era la época en que Khrushchev anunciaba los funerales del capitalismo y Guevara intentaba convertir la Cordillera de los Andes en un nueva Sierra Maestra. En esa atmósfera beligerante, poseer una posición avanzada en el Mar de las Antillas debió ser una tentación para los soviéticos. Considerando que tal enclave se establecería en una isla dirigida por un tirano obediente, en cuyo territorio se podían instalar y desmantelar armas nucleares sin su necesaria aprobación, todo ello al modesto costo de algunos centavos por encima del precio que en el mercado mundial se pagaba por la libra de azúcar, el establecimiento del enclave se habría considerado como una verdadera ganga. Además, se recibía como bono adicional la posibilidad de subvertir un continente que parecía estar maduro para la revolución.
Decimos lo anterior, no para hacer historia política, sino para abogar por algo que parece muy distante de lo dicho, pero que está íntimamente vinculado con ello. Nos referimos a las investigaciones en la industria azucarera, incluyendo en ésto tanto los aspectos agronómicos como los industriales, con énfasis en los subproductos. Pero expliquémosnos.
Una industria mimada por los virtuales subsidios que recibió, no resistió la tentación de dormirse sobre los laureles. Una larga siesta tropical la mantuvo con frecuencia ausente de las investigaciones diligentes que otros países avanzaban en la búsqueda de nuevas variedades, mejores técnicas de cultivo y más eficientes métodos industriales. En general, el desempeño de la industria azucarera ha sido pobre en materia de rendimientos y eficiencia, tanto en lo que respecta al aspecto agrícola como al industrial.
Todo ello entraña una lección muy importante para esa industria y ciertamente, para todas las actividades agrícolas en general y probablemente todas las demás actividades económicas. En un mundo altamente competitivo, que hace un uso creciente de técnicas derivadas de intensos y progresivamente sofisticados programas de investigación, Cuba tiene que adoptar una militante actitud en este campo. El viejo lema de "sin azúcar no hay país" hay que sustituirlo por nuestro pasaporte al siglo 21 que deberá proclamar "sin investigación, no hay azúcar ni hay país."
El clima de Cuba, con su cálido verano pleno de lluvias, que promueve el rápido crecimiento de la caña, se complementa casi milagrosamente con el invierno benigno y seco, que ayuda a la concentración de la sacarosa en los jugos de la planta. Si a esta combinación perfecta que la naturaleza nos ha dado, añadimos los suelos fértiles con topografía donde predominan las llanuras y las suaves ondulaciones, podemos afirmar que Cuba posee condiciones naturales ideales para producir azúcar. La posición geográfica de la Isla hace accesibles, por otra parte, los principales mercados de América y Europa. Con programas de investigación creativos se podrían completar los requisitos naturales y técnicos necesarios para desarrollar una nueva industria azucarera importante, pero no dominante. Importante para capitalizar las favorables condiciones de la naturaleza y de la geografía, y toda la cultura cañera y azucarera que poseen los cubanos. Asimismo, para dar utilización a las grandes inversiones que se han hecho en la industria y garantizar a Cuba un aporte substantivo de divisas y empleo. Pero no dominante, porque la nueva Cuba debe desarrollar, por fin, una agricultura diversificada que la proteja de los vaivenes de un solo producto. Y debe estar la República defendida de la influencia que, de manera desmedida, podrían ejercer en los asuntos del país nuevos barones del azúcar.
La presencia aquí de distinguidos expertos conocedores de la industria azucarera cubana, modera mi inclinación a formular sugerencias sobre qué hacer con esta industria. Me limito por tanto a recoger ideas captadas aquí y allá, las que me han parecido razonables, por lo menos, para un planteamiento preliminar de la cuestión. Son ellas las siguientes:
La industria azucarera debería ajustarse a su tamaño óptimo teniendo en cuenta, principalmente, las condiciones del mercado. La investigación tanto en los aspectos agronómicos como en los industriales, deberá merecer una alta prioridad y organizarse sobre tales bases institucionales y económicas, que su calidad y continuidad queden garantizadas. Posibles cuestiones que podrían ser objeto de investigación incluyen el mejoramiento de variedades, prácticas de fertilización e irrigación y almacenamiento del bagazo. Los derivados y subproductos deberían ser objeto de activos programas de investigación y desarrollo. Por otra parte, parecería que a la expansión de la capacidad de refinación, a fin de generar un producto más valioso, debería asignársele una temprana consideración.
IV. Los prerequisitos sociológicos
No debemos acariciar la ilusión de que las medidas económicas y financieras, por una parte, y la ciencia y la tecnología por la otra, por sí solas pueden producir el renacimiento de la agricultura cubana. Además, una cuestión muy delicada en relación con la sociedad cubana deberá merecer atenta consideración por parte de sociólogos y líderes de la comunidad. Me refiero al efecto que más de tres décadas de tiranía marxista han tenido en la conducta, los valores y las actitudes de la población de la Isla. También, a la distorsión de los conocimientos y la percepción de la realidad que la prédica del régimen ha introducido en la mente de los compatriotas nuestros que no han tenido la oportunidad de mirar al mundo sin deformaciones doctrinarias. Si Cuba ha de progresar en paz, es imperativo que se desarrollen ideas creativas sobre cómo proponer a esos hermanos cubanos, los valores y las normas de conducta que se requieren para impulsar al país hacia adelante. La iniciativa de esos cubanos, por ejemplo, que ha sido contenida por la doble barrera de una filosofía dogmática y la egolatría autocrática de un tirano sin escrúpulos, esa iniciativa hay que liberarla de nuevo, y rapidamente. Sin duda, eso no se podrá legislar. Habrá que buscar maneras de, en la mente de cada cubano, destruir los mecanismos del miedo, el terror y la inhibición que la tiranía tan habilmente construyó durante más de tres décadas.
Por otra parte, sería poco responsable dejar de reconocer que la población cubana del exilio ha tenido experiencias que crean diferencias marcadas con la población de la Isla. De la forma en que se manejen esas diferencias podrían derivarse grandes perjuicios o sustanciales beneficios. Martí, contemplando un fenómeno similar hace exactamente un siglo, auguró para Cuba un gran progreso cuando los cubanos de la emigración llevaran a la Patria el caudal de sus talentos enriquecidos con una experiencia universal. Y así sucedió, y así Cuba se levantó de las ruinas de la guerra para ocupar, rápidamente, uno de los primeros puestos entre los países de América Latina.
Arnold Toynbee, ese gran maestro de la historia, luego de una labor incansable durante toda una larga vida estudiando la dinámica de las civilizaciones, concluyó que la naturaleza de los desafíos que se les plantearan y las respuestas que la creatividad diera a esos desafíos, determinaba su ascenso o desintegración. Para Toynbee la falta de creatividad es un factor muy importante en el declínio de las civilizaciones.[24] Cuba no constituye una civilización tal como el historiador británico definió el concepto. Creemos, sin embargo, que las conclusiones de Toynbee son aplicables al caso cubano, como lo son a muchas otras naciones. O nos salvamos con la creatividad, o no nos salvamos. O adoptamos en serio el postulado de Martí de que cada cubano piense por sí propio y practique el ejercicio íntegro de sí, o sacrificaremos nuestro futuro tratando de seguir al pie de la letra dogmas y recetas que no observan, generalmente, ni siquiera aquellos que las proponen. Y es emocionante ver como dos titanes del intelecto, uno cubano y otro inglés, convergen en la conclusión de que el talento del ser humano y su voluntad de ejercitarlo, constituyen las mejores esperanzas de construir una sociedad mejor.
Devolver la libertad, la creatividad y la iniciativa a los cubanos que han sufrido los efectos de la tiranía, y al mismo tiempo tender un puente fraternal y compresivo entre las comunidades cubanas de Cuba y del mundo, es un prerequisito del renacimiento de la agricultura cubana.
V. Arco de triunfo
Tengo en casa un pequeño arco. Se trata de una réplica en miniatura del llamado arco romano, esa maravilla arquitectónica que en su tiempo revolucionó la construcción de acueductos y otras obras. Las piedras independientes que forman el arco no están adheridas fijamente por cemento o argamasa alguna, pero se sujetan entre sí. Se sostienen en su posición, apoyándose unas a otras, en aparente desafío de la gravedad, por un complejo equilibrio de fuerzas. Las piedras se podrían mover libremente pero están unidas obedeciendo a leyes naturales. Constituyen un conjunto armónico que es, al mismo tiempo, útil y bello. Me gusta pensar en la Cuba del futuro como cuando pienso en el arco. Formada por ciudadanos independientes pero unidos. En equilibrio estable determinado por leyes naturales. Y formando, todos los ciudadanos de esa nueva patria, un conjunto que sea también, al mismo tiempo, útil y bello. Ese sería un arco de triunfo apropiado para celebrar el renacimiento de la agricultura cubana.