Carlos Fuentes
Latinoam=E9rica en la Cumbre de Copenhague*/I
Algo se est=E1 agotando en Latinoam=E9rica: Los pretextos para justificar
la pobreza. Ni raza, ni clima, ni latitud, ni etnia, sirven para dar raz=F3=
n
de la existencia de doscientos millones de pobres. La pobreza ha dejado
de ser destino religioso, resignado pero feliz, preferible a la riqueza
que tiene, como el camello por el ojo de la aguja, vedado el ingreso al
cielo. ``Vivir, nacer, en la dura ceniza agachados'', as=ED describi=F3 Pab=
lo
Neruda a la fatalidad de la pobreza.=20
Cada vez resulta menos convincente el pretexto colonial. Tambi=E9n
fueron colonias Canad=E1, Estados Unidos y Australia y hoy son
naciones ricas. Pero tambi=E9n fueron colonias los pa=EDses franc=F3fonos d=
e
Africa, que siguen siendo pobres. =BFLa culpa es de Iberia =AD``la Castilla
miserable'' de Antonio Machado=AD? Quiz=E1s. Pero despu=E9s de doscientos
a=F1os de independencia, los pa=EDses de Am=E9rica Latina ya no pueden
achacarle noventa y cuatro millones de seres en pobreza extrema a la
Contra Reforma. Es probable que muchos de nuestros males les sean
atribuibles a Felipe II. Aunque sea cierto, tambi=E9n es remoto. M=E1s
amparo tuvieron, en todo caso, los desamparados, bajo la tutela de las
Leyes de Indias y el respeto de la monarqu=EDa espa=F1ola hacia las tierras
de las comunidades ind=EDgenas, que bajo las constituciones republicanas
que autorizaron el despojo en nombre del mercado y el genocidio en
nombre del progreso.=20
=BFLatinoam=E9rica es pobre porque no se ha desarrollado, o no se ha
desarrollado porque es pobre? Causa y efecto se anulan mutuamente,
contribuyendo a ese vaiv=E9n, a esa desesperaci=F3n pendular que un d=EDa
Germ=E1n Arciniegas ubic=F3 entre la libertad y el miedo, entre la
anarqu=EDa y la dictadura. Hu=E9rfanos seculares de la Raz=F3n y el Progres=
o,
los latinoamericanos buscamos =E1vidamente teolog=EDas que nos den fe, si
no raz=F3n, y seguridad, si no progreso.=20
De Santo Tom=E1s de Aquino a Karl Marx, pasando por Rousseau,
Comte y Bergson y siguiendo con Keynes, Hayek y Friedman, somos
comunicantes desamparados en busca de su iglesia. Nos tragamos todas
las hostias, as=ED sean ruedas de molino. Y si nos va mal, pronto
descubrimos al Diablo que nos enga=F1=F3, impidi=E9ndonos llegar a la
Tierra Prometida del Desarrollo, la Democracia y la Justicia. Nos
cuesta aceptar que el Diablo somos nosotros mismos y que, como en el
poema de William Blake, las puertas del cielo y del infierno son
contiguas y de nuestra propia hechura.=20
Los pretextos para justificar la pobreza se est=E1n agotando porque se han
agotado las ideolog=EDas que, desde la derecha o la izquierda, nos
promet=EDan para=EDsos instant=E1neos. El precio de este viaje al Ed=E9n
recuperado era siempre sacrificar algo, a veces lo mejor, de nosotros
mismos. Alucinados por el progreso, cre=EDmos que avanzar era olvidar,
dejar atr=E1s las manifestaciones de lo mejor que hemos hecho: la cultura
riqu=EDsima de un continente indio, europeo, negro, mestizo, mulato,
cuya continuidad a=FAn no encuentra correspondencia pol=EDtica.=20
Cultura sin fisuras y pol=EDtica fracturada. Cultura de la abundancia y
econom=EDa de la necesidad. =BFQu=E9 las separa, qu=E9 les impide adquirir,=
a
la econom=EDa y a la pol=EDtica, la vitalidad ininterrumpida de la cultura
que hemos hecho, a lo largo de los siglos, todos los latinoamericanos?
=BFEs la miseria el destino de los herederos de Machu-Picchu y
Teotihuac=E1n, de Santo Domingo en Oaxaca y de la Compa=F1=EDa en
Potos=ED? =BFEs la marginaci=F3n la fatalidad de los descendientes de Sor
Juana y Aleijadinho, Rub=E9n Dar=EDo y Machado de Assis?En 1806,
durante su visita a M=E9xico, el cient=EDfico alem=E1n Alexander von
Humboldt llam=F3 al entonces virreinato de la Nueva Espa=F1a ``el pa=EDs de
la desigualdad''. Pudo haber extendido su descripci=F3n a todas las
tierras al sur del Suchiate. La desigualdad es el gran bald=F3n de la
historia latinoamericana. La colonia lo disfraz=F3 y hasta lo atenu=F3
mediante la labor heroica de hombres como Vasco de Quiroga en
M=E9xico, Manuel de Nobrega en Brasil y de las misiones jesuitas del
Paraguay. La independencia perdi=F3 la gran oportunidad de aliar
igualdad con libertad; consagramos =E9sta, repudiamos aqu=E9lla. Las =E9lit=
es
criollas que consumaron la independencia no hab=EDan luchado para
compartir sus frutos con los despreciados ``pardos''.=20
Desde entonces, nuestros esfuerzos por generar riqueza se han visto
vulnerados, constantemente, por nuestra incapacidad para alcanzar
igualdad. Hemos duplicado, en los =FAltimos veinte a=F1os, la poblaci=F3n
=ADpero la mitad, doscientos millones, viven en la pobreza y un n=FAmero
id=E9ntico, tambi=E9n doscientos millones, son menores de dieciocho a=F1os:
un continente de ni=F1os y adolescentes=AD. Todo latinoamericano que en el
a=F1o 2000 demande un trabajo, ya naci=F3, ya est=E1 all=ED, y muchas veces
donde est=E1 se llama ciudad perdida en M=E9xico, poblaci=F3n cayampa en
Chile, villa miseria en Argentina, rancho en Caracas, favela en R=EDo.=20
La desigualdad y la pobreza nos marcan con un hierro candente. Lo que
se gana se pierde: pobreza y desigualdad generan desesperanza y
resignaci=F3n a veces, pero tambi=E9n mueven voluntades. Apenas se les
presenta la oportunidad del ascenso social, nuestros hombres, mujeres
y ni=F1os lo toman. Doy un ejemplo. Me ha tocado conocer, como
escritor, a tres generaciones de lectores mexicanos. El abuelo lleg=F3 del
campo con el impulso de la Revoluci=F3n, la Reforma Agraria, las
comunicaciones y la industrializaci=F3n. Nuestro primer secretario de
Educaci=F3n, Jos=E9 Vasconcelos, le dio al joven abuelo la primera escuela
y el primer libro. El hijo, en la segunda generaci=F3n, pas=F3 de la clase
obrera a la clase media, y desde joven adquiri=F3 libros y en ellos
encontr=F3 sus se=F1as de identidad =ADde Borges y Neruda a Gabriel Garc=ED=
a
M=E1rquez y Rub=E9n Fonseca=AD. Pero el nieto, golpeado por la crisis
econ=F3mica de la d=E9cada perdida, debi=F3 abandonar los estudios a los
trece a=F1os, irse a la calle para complementar el ingreso familiar,
vender chicles en las intersecciones de las grandes avenidas, disfrazarse
de payaso, suicidarse lentamente tragando fuego para entretenimiento
de transe=FAntes, o unirse a pandillas criminales. Meninos da rua en
Brasil, gamines en Colombia, vidas partidas por el rayo de la pobreza,
vidas perdidas en las atarjeas del subdesarrollo...=20
Los latinoamericanos no hemos carecido de =E9xito en este siglo. Tanto
los Estados nacionales como los sectores productivos crecieron
notablemente a partir de la primera guerra mundial. Lo que no creci=F3
fue el acceso al cr=E9dito, la asistencia t=E9cnica, la inversi=F3n en capi=
tal
humano, ``vivienda e infraestructura b=E1sica: medidas compensatorias
hacia los sectores de la pobreza extrema y grupos vulnerables'', como
indica este Informe. Faltaron las acciones para ``aumentar la
productividad de los pobres''.=20
Falt=F3, asimismo, la clara voluntad de distinguir y respetar las
funciones propias del sector p=FAblico y las del sector privado, d=E1ndoles
contenido social a ambos, asegurando que las estrategias de inversi=F3n,
exportaci=F3n y ahorro se combinasen con correctivos sociales. Estos,
durante la Guerra Fr=EDa, fueron confundidos con las pol=EDticas del
comunismo sovi=E9tico, y satanizados en consecuencia.=20
Las sociedades exig=EDan reforma. Los poderes pol=EDticos y econ=F3micos
las obstru=EDan. Las doctrinas de la seguridad continental paralizaron
m=FAltiples iniciativas de cambio que buscaban mayor igualdad, mejor
distribuci=F3n, un grado superior de justicia. Perdimos cuarenta a=F1os en
la esterilidad bipolar, culminando, en la d=E9cada de los ochenta, con una
crisis que redujo dr=E1sticamente el poder adquisitivo, retrajo los salario=
s
reales a los niveles de 1960, aument=F3 el desempleo, la malnutrici=F3n y
la mortalidad infantil, disminuy=F3 el gasto y los servicios sociales y
generaliz=F3 la pobreza. No fue s=F3lo el efecto de una crisis financiera.
Fue la consecuencia del aplazamiento de reformas indispensables.=20
Los Estados nacionales de Latinoam=E9rica, agobiados por las demandas
insatisfechas de obreros, campesinos, sector cultural, empresarios,
militares y acreedores extranjeros, sucumbieron, en muchos casos, a las
dictaduras castrenses, a la necesidad de purgas macroecon=F3micas en
seguida y, finalmente, a la consagraci=F3n democr=E1tica. En este
transcurso cr=EDtico, aprendimos que el desarrollo, por s=ED mismo, no
engendra justicia ni elimina pobreza, que la soluci=F3n de problemas de
caja y dise=F1os de la macroeconom=EDa =ADfrenar la inflaci=F3n, equilibrar=
el
presupuesto, eliminar barreras al comercio, aumentar la reservas=AD no
derrotaban, por s=ED mismas, a la pobreza, y que toda teor=EDa del
crecimiento carec=EDa de validez si no se dirig=EDa al destinatario real de=
la
econom=EDa: la persona humana. Su familia. Su cultura.=20
Tuvimos que aprender de nuevo que las pol=EDticas sociales, como indica
el Informe, ``son una inversi=F3n de alta rentabilidad econ=F3mica''. Al
mismo tiempo, le imponen una condici=F3n sustantiva a la democracia:
no puede mantenerse un orden de libertades sobre el fr=E1gil sustento de
la miseria. Mejor que nadie, lo ha preguntado el vicecanciller sueco,
Pierre Schori: =BFcu=E1nta pobreza soporta la democracia, cu=E1nto
subdesarrollo tolera la seguridad global?Porque el problema no es s=F3lo
nuestro, como expresamente lo anuncia la Cumbre Mundial para el
Desarrollo Social. Descubrimos, al acabar la Guerra Fr=EDa, que el fin
del comunismo al este del R=EDo Elba no aseguraba el triunfo de la
justicia social ni al oeste del Elba ni al sur (ni al norte) del R=EDo Gran=
de.
La cuesti=F3n social, largamente aplazada, volvi=F3 al primer plano de la
preocupaci=F3n pol=EDtica. Descubrimos la universalidad de la agenda
social: crimen, violencia, droga, falta de techo, falta de salud,
educaci=F3n insuficiente, problemas de la infancia, de la mujer y de la
tercera edad, pandemias incontrolables, demograf=EDas y medio
ambiente. La crisis de las civilizaciones urbanas afecta por igual a
Bogot=E1, Boston y Birmingham. S=F3lo que en Estados Unidos y en
Europa Occidental, la pobreza es minoritaria y la riqueza mayoritaria.
En Am=E9rica Latina, la pobreza es mayoritaria y la riqueza minoritaria.
Hay, es cierto, un tercer mundo dentro del primer mundo y un primer
mundo dentro del tercer mundo. Pero mal de muchos es consuelo de
tontos. Lo importante es darnos cuenta de que ambos mundos, el
primero y el tercero, est=E1n unidos por la integraci=F3n econ=F3mica globa=
l,
por la difusi=F3n mundial de la informaci=F3n y por las crecientes
corrientes migratorias del oriente al occidente pero, sobre todo, del sur
al norte. Entramos a un universo co-responsable. =BFSabremos asumirlo?
Hoy, vuelven a cobrar todo su valor estas palabras del l=EDder laborista
ingl=E9s Clement Attlee: ``No podemos sobrevivir si creamos un para=EDso
dentro de nuestras fronteras y toleramos un infierno fuera de ellas''.=20
=BFC=F3mo crear sin confrontaciones la co-responsabilidad imaginada por
Attlee? M=E1s que presentarle, una vez m=E1s, su cahier de dol=E9ances al
Norte, el Sur debe asumir obligaciones que, como la caridad,
comienzan en casa. Eliminar gastos superfluos (en muchos casos,
devoradores gastos de defensa), introducir reformas fiscales y otros
correctivos de la distribuci=F3n, instrumentar los programas de
educaci=F3n y salud. Todo esto es cierto, pero no conduce necesariamente
a la eliminaci=F3n de la pobreza sin un marco de atribuciones que
elimine tambi=E9n la mutua satanizaci=F3n del Estado nacional por los
partidarios del mercado o del mercado por los partidarios de la
intervenci=F3n estatal.=20
Introducci=F3n al informe de la Comisi=F3n Latinoamericana y del Caribe
a la Conferencia Mundial sobre Desarrollo Social que se celebra en
Copenhague del 6 al 12 de marzo de 1995.=20